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zeniaregalado

Catástrofes: Conciliar primero a los hombres
AIN

La furia de la naturaleza regresa una y otra vez dejando a su paso un rastro devastador, a causa de procesos dinámicos de la corteza terrestre pero también de factores antropogénicos, es decir por la actividad humana.
Presente el nefasto recuerdo del megaterremoto de 9.0 grados Richter y tsunamis del 26 de diciembre pasado, y sin recuperarse aún de sus consecuencias, Indonesia ha sido nuevamente abatida por la fuerza telúrica, con eventos registrados el 28 de marzo último (8,7) y este 11 de abril (6,1).
En cerca de 300 mil se estimaron las víctimas de la tragedia de fines de año, con epicentro en Sumatra, cuyos impactos se multiplizaron por olas gigantes y afectaron a una decena de países en esa región, donde hoy millones de personas carecen de elementales condiciones de vida.
Indonesia no es la excepción, las amenazas naturales han existido siempre, baste decir que el más trágico se remonta al año 1201, en el Mediterráneo, con más de un millón de muertos.
La última centuria se inscribe igualmente en la historia con una decena de sismos que superó los 8.0 grados de magnitud, uno de los cuales azotó a ese propio país (1938).
Si bien la ciencia cada día traspasa nuevas fronteras del conocimiento, no es suficiente, los desastres siguen siendo un desafío que aportan lecciones y experiencias.
Contribuir a que el mundo sea más seguro reclama necesariamente de una cultura de prevención contra catástrofes, pues aumentan las pérdidas humanas, económicas y ambientales asociadas a estas.
Conocer las amenazas naturales, la vulnerabilidad y el riesgo de países y comunidades, constituyen pilares de adecuados programas de desarrollo y planeamiento urbano.
Otros imperativos son el desarrollo de sistemas de alerta temprana, la capacitación de la población y la voluntad política para el cambio, aún cuando existen flagelos silenciosos como el hambre y la desigualdad.
Una mirada a América Latina y el Caribe muestra la recurrencia de huracanes, fenómenos climáticos, volcanes y sismos, pero también la ausencia de efectivas políticas para contrarrestar la inequidad en el progreso, el hacinamiento en ciudades y la vulnerabilidad.
Tiene precisamente Chile el registro del temblor de tierra más fuerte desde 1900 a la fecha, con un evento de 9,5 grados (22 de febrero de 1960).
Cierto es que no existen caminos cortos hacia la prevención de fenómenos naturales de gran envergadura, que no siempre son los más destructores, pero invertir cuanto antes significa ganar tiempo, conciencia y vidas.
Mientras claman ayuda las víctimas de la hecatombe en el sudeste asiático y también de África, no escapan quienes desvían la atención con especulaciones, pronósticos y falsas predicciones.
Hoy es Indonesia, mañana no se sabe, pero una moraleja apunta a que hay que adelantarse a los desastres naturales, más bien sociales, y para ello primero deben conciliarse los hombres entre sí, luego con la naturaleza.

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